Recuerdos que no se olvidan

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Cuando pienso en Nicaragua, lo primero que me viene a la cabeza son las siguientes palabras: hospitalidad, cercanía y unión. Cierro los ojos…junto estos tres nombres y me aparecen otras dos palabras mucho más familiares: ONGD NICA

Fue hace veinte años exactamente, cuando viajé por primera vez a este país tan exótico y lejano llamado Nicaragua. Yo era solo una niña y no era consciente de la aventura que iba a vivir allí.

Mi padre llevaba trabajando en Managua desde el año anterior, y aunque viajaba a España cada dos meses para vernos, ese verano de 1997 era la oportunidad perfecta para ir a visitarle y, ya de paso, conocer el país. Si os soy sincera, a mí me daba igual donde fuera, el tiempo que tardase en llegar o lo que me iba a encontrar, yo solo quería ver a mi padre, abrazarle y estar con él.

​​Sin embargo, nada más aterrizar en el aeropuerto y bajar del avión, me impactó tanto lo que vi, que sabía que ese país me iba a marcar el resto de mi vida. Y así fue.

Sus calles repletas de niños mendigando, el caos para cruzar de una acera a otra, el cielo de un azul intenso, los paisajes verdes con muchísima vegetación, las playas cristalinas y vacías, los olores tan característicos y, a la vez, tan placenteros…y sobre todo, su gente. En especial, dos niñas nicaragüenses, primas las dos, que fueron mis dos grandes amigas y confidentes. Me enseñaron la vida en Nicaragua, sus amigos, su colegio, en definitiva, su día a día… todo me pareció emocionante…pero… ¡era tan diferente a mi país!

De quien más aprendí fue de mi padre Fernando. Me contaba historias, algunas bastante duras, pero necesarias, para que entendiese la situación real que se vivía en ese momento. Esas historias las narraba en forma de cuento para que no me afectaran tanto, con su voz fuerte y segura, que me transmitía una calma que, hoy en día, al recordarle, la echo de menos.

Por eso, quiero seguir los pasos de mi padre. Quiero trabajar en esa lucha con la pasión que tanto le caracterizaba, para cambiar este mundo en el que aún queda mucho por hacer. Quiero que se sienta orgulloso de mí y quiero que, desde donde esté, vea que ese sueño que quería conseguir, se haga realidad.

Veinte años después, vuelvo a Nicaragua. Volveré a experimentar esas sensaciones que tuve cuando era niña y espero volver a ver a esas personas que tanto me marcaron. Pero ya no soy esa niña que no era consciente de lo que pasaba allí. Ahora, como voluntaria, haré todo lo posible para que niños y niñas o los chavalos, como se les llama en Nicaragua, puedan vivir mejor, en un mundo más igualitario y tolerante y que NUNCA pierdan sus sonrisas.


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