Desde el inicio. Parte I

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Soy una de las fundadoras de esta ONGD que, junto a Fernando mi marido (fallecido en septiembre de 2014) y un grupo de amigos, nos embarcamos en esta emocionante aventura en 1998, sin tener muy claro el rumbo hacia el que nos dirigíamos.

Todo comenzó en las Navidades de 1997, en el club “La Dehesa”, lugar donde la magia de Nica sigue estando presente entre la gente más joven.

Allí llegó, un sábado de diciembre, un jesuita español, llamado Manuel Santiago, para hablar de los niños de Managua a los niños de Madrid, entre los que se encontraban Clara y Esther, de 7 y 9 años respectivamente y actualmente colaborando con NICA.

Manuel Santiago llevaba más de 30 años de misionero en Centroamérica. Primero en El Salvador, donde ejerció su labor, hasta noviembre de 1989, año en el que fue destinado a Managua a raíz del asesinato de seis sacerdotes jesuitas, entre ellos, cinco españoles compañeros suyos, a manos de militares salvadoreños. El padre Manuel se libró de la matanza porque, casualmente, se encontraba en España por esas fechas. Desde entonces ejerce su labor de misionero en Managua, donde su carisma y generosidad es de sobra conocido.

Este sacerdote les contó que había muchos niños en Nicaragua que no podían comer todos los días y que tampoco iban al colegio porque eran muy pobres y muchos de ellos no tenían padres que les cuidaran.

Su intención era transmitir a nuestros niños la importancia de la solidaridad y, por eso, pidió una peseta a cada uno de ellos para poder ayudar a los niños nicaragüenses a vivir mejor.

A mi hija Clara no le resultó extraño oír hablar de Managua, porque ese mismo verano habíamos estado allí toda la familia, visitando a su padre, que vivía en Nicaragua por motivos de trabajo.

Mi marido Fernando trabajaba en un proyecto de organización de la Función Pública en Nicaragua, patrocinado por el Banco Mundial. Eran unos años difíciles para un país que acababa de salir de un largo periodo de revoluciones, guerrillas y una terrible guerra civil, que sumió a Nicaragua en una posición socio-económica desastrosa, dejando miles de huérfanos y mutilados.

Para Fernando fue una experiencia inolvidable poder ayudar a un país a organizar su Administración Pública, independientemente del Gobierno que hubiera y concentrar en ese proyecto a gente nicaragüense enfrentada políticamente, que había luchado en bandos contrarios: Sandinistas y la Contra. ¡Fue el principio de la Reconciliación! De hecho, su Tesis Doctoral versó sobre ese proceso en Nicaragua.

Aprendió a entender y amar a Nicaragua y a su gente. Le impresionaban sus volcanes y la inmensa vegetación. Disfrutaba con su música y su historia. Le encantaban las palabras del castellano antiguo, como “platicar” que en España se han perdido. Admiraba su espíritu revolucionario y su lucha histórica por la justicia, pero le apenaban los Gobiernos tan corruptos que, sin respeto alguno por los Derechos Humanos, perjudicaban a su pueblo.

Cuando Fernando venía a España nos hablaba con tanto entusiasmo de Nicaragua que estábamos deseando conocerla y, cuando lo hicimos, no nos defraudó.

Nicaragua… te atrapa. Lo dice todo el mundo y es verdad, porque en el momento en que la conocimos, aprendimos a amarla.

Ese verano de 1997, como antes comentaba, Clara conoció a los niños de los que hablaba el Padre Manuel Santiago. Niños muy pequeños deambulando solos por las calles, descalzos, desaliñados, que se arremolinaban en los semáforos, con gran riesgo de ser atropellados, para pedir limosna o venderte limonada de dudosa procedencia.

Esos niños tenían un crudo y oscuro destino si nadie hacia nada por sacarles de esa triste situación. A Fernando le provocaban mucha ternura, sobre todo uno, con el que siempre coincidía en su camino al trabajo y al que regaló la camiseta del Atleti…su Atleti. Era curioso encontrarse con un niño en Managua con esa equipación.

¿Quién le iba a decir a Fernando que esos niños se iban a convertir en uno de los objetivos de su vida?


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